b'PEDRO LIPCOVICH'
b'DESNICHADORES'
b''
b'CUENCO DE PLATA'
Páginas: 185
Altura: 20.0 cm.
Ancho: 13.0 cm.
Lomo: 1.04 cm.
Peso: 0.25 kgs.
ISBN: b'9871772394'
b'Querida mam\xe1: \n\nMadura el hombre y llega el momento en que es capaz de sostenerse solo, como un poste, o bien como un bicho canasto, que, a la inversa del poste, se sustenta de arriba; me refiero, claro, a esos que cuelgan de las ramitas de los \xe1rboles aun cuando, al final del verano, ya est\xe1n secas.\n\xbfPor qu\xe9 siguen as\xed colgados?: porque \xe9sa es la funci\xf3n de su boca, si, apresur\xe1ndonos, equivoc\xe1ndonos, llamamos as\xed al \xf3rgano de sost\xe9n que fija el bicho a la ramita; nos apresuramos, nos equivocamos porque el verdadero bicho est\xe1 oculto en el interior del canasto y no es el que vemos habitualmente, suponiendo que uno viese habitualmente bichos canasto, lo cual no es mi caso porque el avistamiento de bichos canasto, como el de las ballenas que a morir se acercan a las costas argentinas, a la altura de Puerto Madryn, requiere determinadas condiciones, propias de cada especie pero que en ambos casos se vinculan con la llamada vida al aire libre, condiciones que no puedo cumplir ahora, encerrados, vos en tu cama, yo ante la mesa de la cocina, en este cubo de muy escasa ventilaci\xf3n, ya que, si bien los edificios de departamentos antiguos tienen la ventaja, recomendada por los higienistas, de la amplitud de los cuartos y la altura de los techos, sin embargo padecen la falta de aire y de luz, que afecta predominantemente a los departamentos internos cuyas habitaciones, tu dormitorio, el comedor donde nunca vi comer a nadie, la salita, el cuarto de mi infancia, tributan a los espacios o pozos o huecos de aire y luz, denominaci\xf3n que siempre fue ir\xf3nica pero m\xe1s desde que la pared lateral del edificio de oficinas construido en mi ausencia redujo nuestros huecos de aire y luz a los que podr\xedan llamarse respiraderos de un sarc\xf3fago, si un sarc\xf3fago necesitara respiraderos.\nAs\xed se diferencia, mam\xe1, en el mismo edificio, el departamento interno de los departamentos externos, cuya luminosidad es un derecho adquirido para siempre, aun cuando la construcci\xf3n date de las primeras d\xe9cadas de este siglo, cuando se elevaron muchos edificios cuyo prop\xf3sito confesado era alquilar vivienda a familias de la naciente clase media, inmigrantes e incluso criollos que ascendieron a los departamentos del frente, dejando los internos reservados para mujeres solas y actividades clandestinas.\nProgresaba, as\xed, la familia: los hijos, m\xfaltiples, bien paridos por el materno vientre ub\xe9rrimo, oloroso a sexo sano para garantizar el deseo del padre, evitar que el deseo paterno fuese arrastrado por las atracciones que proliferaban, prost\xedbulos p\xfablicos en Jun\xedn, departamentos clandestinos, la Zwi Migdal, nombre de ara\xf1a deliciosa, la migdala brota de su agujero en el \xe1rbol y, sin rebajarse a tejer telara\xf1a, va al acecho de otros bichos, los mata con su veneno y entonces, ahora, preguntamos: \xbfqu\xe9 bicho resiste la picadura? Claro que el bicho canasto, porque no tiene su canasto al pedo, mam\xe1, y, vemos ahora, hemos venido hablando del bicho pero dej\xe1bamos de lado eso que lo define y sin lo cual ser\xeda un mero gusano condenado. \nVos tej\xedas, tej\xedas para m\xed bajo el \xe1rbol casi sin hojas, las ramas cargadas de ese como fruto pardo, melanc\xf3lico, huesudo, y yo tuve que haberte preguntado por esos objetos, esos cosos, dir\xeda el ni\xf1o que, librado a s\xed mismo, jam\xe1s podr\xeda discernir que ese paquetito desdichado es un insecto, s\xf3lo un adulto puede ense\xf1arle y entonces sorpresa, maravilla pero, despu\xe9s, horror ante el ej\xe9rcito de peque\xf1os vampiros que chupan la savia. Fruto al rev\xe9s, en conflicto mortal con el ser que lo sustenta. \nY todav\xeda despu\xe9s, a lo largo de la vida, el sujeto hace suya la perspectiva del propio bicho que, cautivo, con una especie de tranquila desesperaci\xf3n, persiste en chupar la rama seca. Despu\xe9s hay un tiempo de olvido o desestimaci\xf3n y de repente, ahora, el bicho vuelve desde adentro de los ojos, como una foto de \xe1lbum familiar traspapelada en una pila de revistas pornogr\xe1ficas.\n\nLeopoldo Benav\xeddez\n\n\n\nMISIONES, 1\n\n\n\n\n\nDesata el paquete de papel encerado y mira, como a un animal extra\xf1o, el rev\xf3lver de Paulino. Est\xe1 solo al pie de la barranca frente al r\xedo. La otra orilla, lejos, es un relieve negro. El vapor se ha ido. Son las nueve de la ma\xf1ana del viernes seis de febrero de 1931.\nSus pies, calzados con zapatos de ciudad, resbalan en el barro. Se agarra de una ra\xedz gigante, alza el arma para no mojarla; los zapatos se deslizan y \xe9l cae sobre sus rodillas. El papel queda en el barro. \xc9l guarda el arma en el bolsillo de su saco de ciudad. Aferr\xe1ndose con las dos manos a la ra\xedz, que es de un \xe1rbol alt\xedsimo, se levanta. La barranca parece una pared hinchada de vegetaci\xf3n. El r\xedo es negro, brillante de sol. Hay un viento blando y caliente. \nUn rumor. Vino llegando un ruido que \xe9l percibe ya crecido, continuo, es el motor de un barco. Hombres. \xc9l gira, de cara a la barranca. Trepar\xe1. Lanza sus manos como quien tira una piedra al azar. Se aferr\xf3 a unas ramas como hilos que se deslizan, se rompen. El ruido se acerca. \xc9l se alza en vano, agarra arbustos que se desprenden de ra\xedz, con las plantas podridas en las manos siente el ruido crecer, su espalda est\xe1 desamparada frente al r\xedo, abre los brazos y echa todo el cuerpo contra la pared hinchada, los brazos se enredan en algo, los pies se hunden en la tierra vertical, hojas filosas le tajean la cara y sube, es como si la selva lo izara, trepa, monta por escalas vegetales, formas leves le tocan la frente, sus manos se agarran de tallos redondos, la suela lisa de sus zapatos resbala pero \xe9l hunde m\xe1s los empeines en la tierra blanda. Ramas de arbustos le oprimen el pecho y el vientre pero \xe9l se alza, trepa, y hay un trueno de p\xe1jaros, ha llegado arriba. De la selva, como de un solo cuerpo animal, le llega un aliento h\xfamedo. Hay suelo bajo sus pies, y penumbra.\nMientras los p\xe1jaros se apaciguan, el motor se oye fuerte, justo a sus espaldas, y \xe9l se zambulle en la espesura. Tiene que avanzar como animal sobre manos y pies. Jadea. Rompe ramas tiernas, abre redes vegetales, hace un t\xfanel con las manos. Una luz verde, que parece llegar de todas partes, crea un ambiente donde trazos m\xe1s oscuros y quebrados, ramas, se cruzan en distintas profundidades. Pero una mano lo estrangula. No, es una cuerda vegetal, viscosa como tripa. Se le ha envuelto en el cuello. Trata de quitarla con las manos, que resbalan. Para poder respirar, alza el torso hasta quedar de rodillas. La cuerda vegetal se suelta, como movida por voluntad propia. \xc9l permanece de rodillas mientras recupera la respiraci\xf3n, y levanta la vista: hacia una altura de v\xe9rtigo se escalonan hojas diversas. No se ve el cielo pero la luz, manifestada en las formaciones vegetales y en el aire mismo, se hace m\xe1s clara en las regiones superiores, y las figuras de muy arriba presentan la inminencia del sol. \nEl silencio es muy fuerte. No hay viento en esta profundidad. \xc9l retoma su andar sobre manos y pies, que empieza a hac\xe9rsele seguro y conocido. Advierte que la selva, en la complejidad de sus figuras, es limpia y desierta. Cansado, se tiende bajo una hoja inmensa, de dilatadas nervaduras, muy clara al trasluz.\nPalpa sus bolsillos, el arma est\xe1. Ha perdido en cambio su reloj, la cadenita rota cuelga del chaleco; y perdi\xf3 el sombrero, pero no los f\xf3sforos. Se ha desprendido la suela de uno de sus zapatos. Siente la piel cortada.\nAhora insectos zumban. La penumbra parece m\xe1s densa. Los insectos lo arrullan, \xe9l respira a su comp\xe1s. La suela del zapato est\xe1 perdida. Debiera tener botas. Los pantalones est\xe1n desgarrados, las pantorrillas desnudas. Botas. De cuero fuerte, altas, blandas, usarlas, acostumbrarlas a \xe9l. Abrigadas, dilatadas, amplias hasta la cintura. Abre los ojos, algo falta. Falta la luz clara en la hoja grande. Se vuelve de costado, se acurruca, la cabeza entre las manos. No tiene hambre. Anochecer\xe1. Vendr\xe1n animales. V\xedboras. Debe haber v\xedboras. \xc9l no tiene botas. Las botas se usan para protegerse de las v\xedboras. Una v\xedbora negra. Ella se desliza en silencio. Es de colores. Sus colores se presienten en la sombra. Ella oscila, h\xfameda. \xc9l siente la picadura, un calor, no, un fr\xedo que se extiende como mano pesada, escalofr\xedo, despierta, no, es la mordedura de la v\xedbora, en la pierna porque no tiene botas, no lo mordi\xf3 pero hay que estar muy quieto, la v\xedbora anida junto a \xe9l, \xe9l no debe despertarse para que ella no despierte, hay un jadeo, alguien jadea con ella, qui\xe9n, un ruido m\xe1s salvaje o despiadado y un olor animal, ramas rotas, un gru\xf1ido muy cerca, \xe9l salta atr\xe1s y abre los ojos: hay un hocico, una especie de chancho en la penumbra. El animal lo mira con ojos opacos y alarga el hocico. Ha olido sangre de los cortes que la selva le hizo. \xc9l retrocede despacio pero siente el mismo gru\xf1ido a sus espaldas. Es otro animal, y otro, est\xe1 rodeado. Trata de pararse pero cae, ramas quebradas y enseguida el peso del animal sobre su pecho, el asco, una estrella de dolor en el muslo y un ruido terrible. \nVe el rev\xf3lver en su mano: su mano sac\xf3 el rev\xf3lver y dispar\xf3. Hay un animal ca\xeddo, una especie de chancho. Los otros ya no est\xe1n. El animal se retuerce, herido en el vientre. \xc9l vacila. Mira el arma en su mano. Bruscamente le apunta a la cabeza y dispara. El tiro de gracia. Piensa en Paulino, y llora. \n\n* * *\n\nLa herida en el muslo no dol\xeda mucho ni le imped\xeda caminar; se hizo una venda con la entretela de su saco. Tuvo trabajo hasta encontrar le\xf1a, y paciencia para buscar una piedra aguzada con la que pudo abrir el lomo del chancho. La carne, demasiado cerca del fuego, se chamusc\xf3, y por dentro estaba casi cruda, chorreante; deliciosa.\nCuando termin\xf3 de comer era de noche. Hac\xeda fr\xedo. Se acost\xf3 junto al fuego casi apagado. Sent\xeda zumbar mosquitos pero era como si lo respetaran. \nDespert\xf3 ya de d\xeda, con mucha sed. No sab\xeda d\xf3nde estaba el r\xedo, lo hab\xeda perdido en su desatinada fuga de la v\xedspera. Se puso en marcha. La selva era menos espesa, casi un bosque por el que se pod\xeda caminar erguido. Ten\xeda sed. Record\xf3 haber le\xeddo sobre plantas que en su tallo carnoso almacenan agua y pueden ser aprovechadas por el viajero extraviado. Pero eso era en el desierto. O bien, simplemente frutas: cocos. No cre\xeda que hubiera cocos aqu\xed. Caminaba sin rumbo. Naranjas. Claro, ten\xeda que haber naranjas silvestres. Por mirar arriba buscando naranjas meti\xf3 un pie en un charco, maldici\xf3n. Pero eso era agua: mir\xf3 abajo, era un arroyo discreto entre la vegetaci\xf3n. Se inclin\xf3, el agua estaba muy fresca y bebi\xf3 mucho. \nSiguiendo el curso del arroyo, lleg\xf3 a un riacho m\xe1s grande y a poco andar, tras una curva, estaba el r\xedo. La desembocadura del riacho formaba una playita colorada bajo el sol, y \xe9l se tendi\xf3 a descansar. Oy\xf3 lejos el ruido de un vapor pero no tuvo miedo.\n'